Hoy me gustaría echar una mirada al pasado. En este blog
también quiero contar cómo he llegado a esta situación.
Y lo mejor es empezar por el principio: mi primera vez.
Fue en unas navidades. Yo tenía 18 años. Se acercaba la
nochevieja. Mis amigos y yo habíamos planificado ir a una fiesta de estas de
barra libre (lo típico a esa edad).
Ellos también habían salido la noche del 24 (yo era un par
de años más joven que ellos, y no pude ir), y en esa noche ellos habían probado
la cocaína por primera vez (algo así como medio gramo para 3 o 4). Los días
siguientes me contaron maravillas de cómo se lo habían pasado, y propusieron
repetir el 31. Con esa edad ni te lo piensas. No eres consciente de la
importancia de esa decisión, y acepté. Mis amigos se lo habían pasado en grande,
y yo quería pasarlo igual de bien.
Así que llegó esa noche. Recuerdo que tomamos antes de
entrar en la fiesta. En el coche. A partir de ahí no recuerdo mucho, hace más
de 20 años y todo es algo confuso. Pero sí recuerdo el final de la noche (más
bien de la mañana).
Sobre las 6 de la mañana cerró la fiesta (que si no recuerdo
mal fue un desastre, como todas esas fiestas de nochevieja). Como todavía
teníamos cocaína (con 2 o 3 rayas pequeñas tenías para toda la noche),
decidimos ir a una discoteca de la ciudad, en la que uno del grupo era RRPP, y
que estaría abierta hasta las 8 o así.
Llegamos y la verdad, apenas había gente. Aun así, entramos
y nos tomamos algo. Vimos que había un grupo de 2 o 3 chicas solas. Yo era el
más joven del grupo, el menos agradecido físicamente y sobre todo, el más
tímido. Nunca era capaz de hablar con una chica en una discoteca (algo que me
sigue ocurriendo), pero en se momento, bajo el efecto de la cocaína, me lancé.
Estuve hablando con una de las chicas unos 15 minutos. La pobre aguantó
mis chorradas ininteligibles, y al rato ya vi que eso no llevaría a ninguna
parte, y me volví con mis amigos. Las risas fueron generales, pero había hecho
algo que no había sido capaz de hacer en mi vida. Y eso me marcó.
La noche acabó ahí y nos fuimos casa.
Pero algo había empezado a crecer en mi mente. Las buenas
sensaciones, la sensación de confianza…
todo eso quedó marcado a fuego en mi cerebro: tomando cocaína me sentía
mejor y me lo pasaba mejor. Y ahí empezó todo.

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